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Monday 13 july 1 13 /07 /Jul 15:48

PARTÍCIPES DE LA TOTALIDAD DE DIOS


Para llegar a ser grande es indispensable reconocerse como el más pequeño.
Una sola es la vocación del hombre: parecerse a Dios en todo.
Dos actitudes básicas de una vida, sagún san Juan Eudes: renuncia y adhesión.

1. Desde la Kénosis de Jesús

El itinerario de san Juan Eudes empieza exigiéndole al cristiano que acepte su "nadedad", renunciando del todo a sí mismo, hasta llegar al "autoaniquilamiento" y "vaciamiento radical".  Y parece inevitable que a la mentalidad moderna, prometéica y dionisíaca, tan absoluta desposeimiento personal choque y repela. Alguno incluso pudieran hablar de inaceptable alienación, la cual resulta verdad si no se sitúa esa autonegación en su justa perspectiva evangélica. El autoaniquilamiento del cristiano solo puede entenderse desde la kénosis de aquel Jesús que "en su historia humana, vive el drama de todo hombre que busca  a Dios y que sólo puede encontrarse en el don total de sí". Por eso conviene que comencemos "contemplando" a Jesús, como diría san Juan Eudes, en este misterio de su anonadamiento, a través del cual, el barro humano se reconcilió con su origen divino y se le abrieron los horizontes de la santidad.

Es un hecho que mientras no logre ser verdadera "imagen de Dios", el hombre está lejos de su identidad. Su esencia misma le exige participar, de algún modo, en la forma y naturaleza divina: para ello fue hecho, a ello ha sido constitucionalmente llamado. Sin embargo, ésta ha sido, a la vez, la más apasionante aventura y la más decepcionante frustración en la historia del hombre. Porque, dede el inicio, debido a la presencia maléfica del egoísmo, en la realidad humana, de aquello que la teología llama "pecado original", el rastro de Dios se le perdía al hombre y su búsqueda se le revelaba cada vez más como una empresa imposible. La única vía era que Dios mismo se aproximara al hombre. Y fue lo que Dios hizo: su encarnación, muerte y resurrección, en Jesús, fueron la respuesta divina al desastre humano.

Pero hay que tratar de entrar en la lógica de Dios. Tradicionalmente se ha dicho que, por los méritos infinitos del Verbo encarnado, cualquier acción de Jesús, hasta una simple lágrima de Jesús-niño, bastaba para nuestra rendición. Todo lo demás lo habría hecho él para "darnos ejemplo". Esta manera de afrontar las cosas, por piadosa y bienintencionada que sea, no solo vuelve incomprensible toda la trayectoria de la vida de Jesús, sino que no encaja en el plan de Dios. Porque toda la encarnación de Dios nos habla de dos cosas:

- En primer lugar, de un amor que comparte, que se hace solidario: el Dios que se acerca al hombre haciéndose hombre está muy lejos del Dios apático y aislado de los filósofos. Es un Dios que se compadece de nosotros porque nos ama, y que por eso mismo ha querido hacer suyos nuestros límites, aceptar nuestra suerte; no tanto para "darnos ejemplo" cuanto para mostrarnos su amor. 

- En segundo lugar, la Encarnación nos habla de la misteriosa capacidad de Dios para vaciarse de su divinidad, para autodespojarse, para "tomar la condición de siervo pasando por uno de tantos" (Filipenses 2, 7): "siendo el rey del cielo y la tierra se hizo pobre para enriquecernos con sus gracias y quiso morir desnudo en la cruz para revestirnos de su gloria", afirma san Juan Eudes (O.C.X, 105).  Esta dinámica de Kénosis o autorenuncia nos indica la cualidad paradójica del amor que Dios es. Cuanto menos "dios" se hace -por el despojamiento, más Amor es y, por lo tanto, más Dios es.

En Cristo se nos ha dado todo lo que nos podíamos imaginar. En él, ya se nos ha concedido todo lo que buscábamos afanosamente. En él, Dios se ha vaciado, por así decirlo, de su divinidad. La palabra de Dios es ahora la carne del Hijo y su imagen es el rostro del Verbo: "Dios se ha quedado como mudo y no tiene más que hablar", cantaba sorprendido Juan de la Cruz (Subida al Monte Carmelo 11,22. Nm 4). Gracias a ello la búsqueda de Dios por parte del hombre no es ya una empresa descabellada e inútil: Dios mismo ha dado el primer paso hacia el encuentro. No tiene el hombre que tratar de escalar el cielo prometeicamente para robarle a Dios los secretos de la vida: Dios mismo se ha puesto en camino hacia el hombre. Se le ha puesto, por así decirlo, a su ojo y a su alcance.

El que renunció a ser Dios

El autoaniquilamiento de Jesús tuvo una expresión concreta en la pobreza en la que vivió. Porque esa "pobreza", real y palpable, no debe entenderse ni como efecto de la ruina económica o de la marginalidad social, ni como resultado de una voluntad ascéptica. Jesús no fue un pobre en el sentido extremoso del término ni perteneció a los círculos rigoristas de su tiempo. Ni siquiera identificó su vida con el esfuerzo ascético de Juan Bautista: "Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: tiene un demonio. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe y dicen: Ahí tenéis a un comilón y  borracho, amigo de publicanos y pecadores" (Mateo 11, 18-19).

Su pobreza fue expresión de algo más profundo y esencial: en Cristo, Dios quería hacerse pobre, renunciando a ser Dios. Pablo lo manifiesta de manera muy explícita: "Siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló  a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz" (Filipenses 2, 6-8). Jesús hace tangible en su propio ser el inaudito empobrecimiento de Dios. Su pobreza estriba en el hecho difícilmente concebible de que ha vivido todo su ser divino de manera plenamente humana: siendo el verbo de Dios, "acampó entre nosotros" (Juan 1, 14). Por así decirlo, renunció a ser Dios para sumergirse  en la miseria de la vida mortal, en la oscuridad de las esperanzas frustradas, en el seno mismo del barro humano.  Y tan cierto es que "apareció en su porte como hombre" (Filipenses 2,7) que "el mundo no lo conoció" (Juan 1, 10) Juan Eudes comenta: "Nuestro Señor Jesucristo, nuestra cabeza y nuestro modelo en quien era todo santo y divino, vivió en tal desprendimiento de sí mismo, anonadó de tal manera su espíritu humano y su propia voluntad, y el amor de sí mismo, que todo lo hizo únicamente  bajo la dirección del espíritu de su Padre; nunca siguió su propia voluntad sino la de su Padre, y se comportó consigo mismo como si en lugar de amarse se hubiera odiado; porque se privó en este mundo de una gloria y felicidad infinitas".

Más aún, su vaciamiento de divinidad fue tan grande que llegó a hacerse "réprobo de Dios"  por nosotros,  para hacernos a nosotros "benditos de Dios", tal es el preciso sentido teológico que Pablo confiere a la muerte de Jesús sobre la cruz (Cfr Gálatas 3,13). En Cristo Dios se fue, poco a poco, vaciando de Dios, hasta el extremo de la cruz. En aquella oquedad, en aquel increíble vacío de divinidad, anidó la tremenda soledad del viernes santo. Cristo agonizante en el patíbulo de la infamia ya ni siquiera puede decir que Él "está en el Padre y el Padre en El" (Juan 14,11). De su boca sale, más bien, el grito desgarrado de quien se encuentra totalmente sólo: "Padre mío, Padre mío ¿Porqué me has abandonado?" (Marcos 15,34). Juan Pablo II comenta: "Puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre. Cristo percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento de la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios."

Fue así como Cristo, que existía en la forma de Dios (Filipenses 2,6) eligió perderlo todo y presentarse ante el hombre con las credenciales y la forma del siervo.  Dios mismo quiso, así, cancelar la factura de la restauración de la imagen de Dios en el hombre. En Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible (Colosenses 1, 13), hemos contemplado con nuestros ojos la gloria misma de Dios (2Corintios 4,6). De ese modo en el misterio de Cristo, nuestra carne débil y pecadora -no otra más perfecta-, nuestro mundo injusto e inhabitable -no otros mundos soñados-, nuestra historia -no los cuentos de hadas-, se convirtieron en el lugar de la manifestación de Dios. En aquel hombre, carne humana, cuyo timbre de gloria fue "pasar por uno de tantos" (Filipenses 2,7) hemos visto quién y cómo es Dios.

2. La Kénosis del discípulo

Si nos hemos extendido en esta reflexión sobre la kénosis de Cristo es precisamente porque nos permite entender mucho mejor la trascendencia y actualidad plena de la renuncia al yo, como principio básico de espiritualidad eudista.  No tenemos por qué soslayarlo (pasar por alto) como algo que coviene silenciar. Al contrario, podemos ver que, situado en la luz del misterio de Cristo, donde siempre quiso situarlo Juan Eudes, adquiere no solo vigencia plena sino una importancia de primera magnitud. Es como una luz que derrama especialísima claridad sobre el camino del seguimiento. Que es el camino de la santidad.


En tal contexto supo situar san Juan Eudes, intuitiva y proféticamente, su propuesta ascética: para él la santidad esencial a que llama el evangelio no se encamina al cumplimiento formal de prácticas exteriores sino a una actitud del corazón, a una apertura permanente, radical y confiada en Dios que es quien nos santifica. Porque el hombre puede "ser como Dios" sólo si se deja llevar por la Gracia. Por tanto, es Dios mismo -no la autoafirmación cerrada del hombre- quien hace posible esa perfección. El tipo de amor divino no fluye naturalmente de nosotros; no está a nuestra disposición porque sí; no podemos ser como Dios, es decir, amar como Dios -"Dios es amor"- simplemente porque nos lo propongamos. Se trata de un don, una gracia, que solo puede ser desencadenada por Alguien que previamente nos ha visitado y levantado su tienda entre nosotros, haciendo  posible  lo que normalmente nos resulta imposible. El evangelio no nos remite a nuestras propias fuerzas sino al don de Dios: y ese don hay que recibirlo desde el reconocimiento de la propia vaciedad.

Pero ¿creemos realmente nosotros en esa maravillosa posibilidad? ¿Creemos que Dios se nos comunica inefablemente y que, si lo acogemos, empieza a germinar en nosotros su propia vida? ¿No es cierto que en muchos aspectos de la fe, seguimos siendo ateos? Por eso mismo necesitamos recuperar aquella segunda ingenuidad de la que habló alguien:  La primera ingenuidad consistiría en pensar que a Dios lo tenemos disponible siempre y de cualquier manera, como una gracia barata. La segunda ingenuidad consiste en creer que la autocomunicación gratuita de Dios e suna realidad, que Dios es Alguien, no algo, y que se comunica a todo el que no se le cierra. En esa comunicación nacen para el hombre posibilidades  realmente sorprendentes, nuevas e inesperadas.

Y la primera consecuencia es que, para que pueda recibir la visita de la Gracia, el hombre debe vaciarse de todo lo que representa un obstáculo; deberá despojarse de su constitutivo engreimiento, de la hipervaloración de su propio yo, de la inflación de sus posibilidades. Sólo así podrá verdaderamente volver a "ser como Dios", reencontránose con sus orígenes y recuperando la identidad original.En esto consistió la propuesta de Cristo; a ello nos invita su Evangelio.  Y para que nadie pudiera afirmar que era imposible renunciar a sí mismo, él nos dió el ejemplo renunciando a ser Dios. En síntesis, el ser cristiano conlleva una semejanza con Cristo en el misterio del anonadamiento hasta el sufrimiento y la cruz.

La renuncia al Yo

Cuando se lee a san Juan Eudes, no dejan de incomodar sus reiteradas invitaciones a la renuncia más radical. Son frecuentes en sus discursos expresiones como la siguiente: "Si queremos formar parte del séquito de Jesús y pertenecerle, tenemos que renunciar a nosotros mismos, a nuestro propio espíritu, criterio, voluntad, deseo e inclinaciones y a nuestro amor propio" (O.E. 149). ¿Cómo pedirle esto al hombre de la modernidad y de la postmodernidad, tan poseído de su dignidad, tan dispuesto a defender tan apasionadamente el mundo de su yo, tan dispuesto a luchar por su propia autoestima?¿Puede encontrar alguna sintonía aquel pensamiento con una cultura como la nuestra tan celosa de los valores de la persona? ¿No habrá que engavetar definitivamente semejante propuesta?

Y sin embargo, la autorrenuncia constituye la piedra angular del modelo espiritual eudiano: "La Autorrenuncia es el principio fundamental y el primer  paso a la vida cristiana. Debe ser una de nuestras preocupaciones principales".  Cuando se trata de interrrogarnos sobre por qué mantener esta forma de actuar que nos propone san Juan Eudes sobre la renuncia, la respuesta que nos damos es: para formar a Cristo en nuestro ser y en nuestra vida: "Todo debe desaparecer para que Jesús viva y reine plenamente en nosotros" (O.E. p, 204).  En otra parte afirma de manera contundente: "Si queremos ser de Dios tenemos que renunciar a nosotros mismos, olvidarnos, perdernos, anonadarnos" (O.E. p. 149-150). Se trata de una renuncia tan absoluta y radical que llega hasta el extremo de afirmar  que debemos "desprendernos, por así decirlo, hasta de Dios mismo". (O.E. p. 151).

Pero no podemos quedarnos en el superlativismo de las palabras. Para Juan Eudes la autorrenuncia no es un valor en sí mismo sino una simple consecuencia del seguimiento de Cristo, y debe ser leída desde su propia perspectiva antropológica; entonces descubriremos que, lejos de representar una ofensa al hombre, constituye una invitación a la libertad. Equivale a decir: "Sal de tí mismo, de tus muros, de tus protecciones y defensas, rompe tu concha y ábrete a la Gracia que te quiere devolver a tu primigenia dignidad de la imagen y semejanza de Dios".  Constituye por lo tanto un desafío al propio hombre. Porque si tenemos tantos problemos al buscar lograr la perfección y la alegría no es porque la vida sea el problema. Es la mente humana, -el insaciable "yo"- quien crea los problemas. "El sufrimiento no está en la realidad, está en tí", decía Tony de Mello. (La iluminación es la espiritualidad, Vida Nueva, 18-25 de Julio de 1987, p. 27).  Este es un aspecto hondamente sembrado en la experiencia espiritual de todas las religiones, que hoy se ha revalorizado gracias al aporte de la espiritualidad de cuño oriental: "Si mueres antes de morir, aunque no sea más que un instante, en ese instante te verás Señor del universo"., escribe un místico musulmán (Attar, Farid-ud-Din, Le Livre divin, Edición Albvil Michel, París, 1961, p. 39).  Por eso, todo camino espiritual exige la renuncia al yo como condición necesaria para re-nacer.

Tal es el bautismo primordial, el que hace surgir al hombre nuevo. Y el punto de partida del bautismo cristiano.

Es un hecho que vivimos prisioneros: del pasado, de la propia historia de los esquemas mentales propios y ajenos. Las cadenas son el consumismo, el poder, la ambición, el dinero, el sexo, el trabajo o el ocio.  Pero también los hábitos, las costumbres, los prejuicios, los paradigmas culturales. Y mientras vivimos así, no somos nosotros mismos y permanecemos encerrados y enterrados aunque pretendamos sumergirnos en el vértigo del activismo, de la búsqueda de la eficacia, y de los muchos caminos.

Funcionamos como robots, como fotocopias de los otros.  Ahora bien, sólo quien nace y se decide desde dentro es auténtico y se hace libre y, por ende se hace humano.  Por eso, hay que comenzar a des-programarse  para poder ser uno mismo de veras.  Hay que perder el miedo a la sorpresa y al riesgo, al cambio, a la novedad, liberarse de la propia historia y de sus programaciones para responder a uno mismo; hay que estirpar las viejas ideas fosilizadas; hay que desmontar la tienda en la que nos refugiamos y seguir camino adelante solos, sin apoyos; hay que matar al personaje para que nazca la persona. Esto viene a ser y a hacer la autorrenuncia.

Pero la razón más profunda está en que la experiencia fundamental de toda la vida es recibirse a sí mismo del "otro". Toda vida humana depende de ello, toda vida espiritual parte de allí.  Los místicos, los teólogos y  los cristianos convencidos lo saben: se habla de pobreza, de abandono, de disponibilidad...Los nombres poco importan en tanto la realidad interior sea la misma. Recoge la experiencia fundamental de toda vida espiritual: vaciarse, para poder recibir y aceptar; acoger para poder dar; lo cual implica, desde luego, recibirse y acogerse a sí mismo, pero, también y sobre todo, recibir y acoger la vida, la gracia y el amor de Dios.

Porque la renuncia a uno mismo es muchas veces renuncia a la imagen o percepción que no tiene de sí mismo, al personaje, para acoger la persona que soy, que no es hechura mía o de otros, sino don de Dios.  Se trata de despojarse de máscaras y renunciar al personaje que realmente es.  Este es el pensamiento fundamental de san Juan Eudes: renunciar a sí mismo significa renunciar a la imagen que se tiene de sí mismo y al engreimiento, es aceptar que somos barro, pero barro abierto a la divinidad por la misericordia de Dios. Entonces la autorrenuncia, en el fondo, no es sino la condición para poder contemplar y aceptar esa misericordia engrandecedora. El hombre necesita desnudarse de todo un modo de ser hombre para revestirse de una humanidad totalmente nueva. Por tanto no renuncia a sí mismo para invalidarse sino para llenarse; no para quedarse vacío sino para vaciarse de aquello que le impide abrirse a la plenitud, para recuperar la armonía con "el Otro" -Dios, el prójimo, la naturaleza- a fin de poder vivir a plenitud.

Esto le permite también aceptar a la persona que es el otro, sin quedarse en el personaje que aparece. Por eso, paradójicamente, la renuncia al yo tiene mucho que ver con ese otro valor tan en alza hoy que es la autoestima; porque implica aceptar y recibir al otro sin condiciones, a fin de que pueda ser él mismo; y eso sólo es posible si como receptores renunciamos a nuestros prejuicios e ideas preconcebidas, al egocentrismo y a esas monstruosas curvaturas sobre el ego que sólo permiten ver el propio ombligo. Uno no es realmente libre sino delante de alquien que ama sin condiciones.  A medida que renunciamos a todo eso que hoy llamamos el "ego", nos abrimos y nos hacemos receptivos "al otro" en su realidad. Y, a la larga, eso que percibo en "el otro" me revela a mí mismo, pues me habla de mis recelos, mis deseos y mis miedos.

El ser humano debe aprender a acogerse a sí mismo sin condiciones, a aceptar su persona y su personaje sin juicios culpabilizantes, sin reducirse a tal o cual aspecto más o menos negativo. Yo no soy nunca la imagen que tengo de mí mismo ni la que tienen los  demás de mí.  Yo soy simplemente yo y el ser no cabe en ninguna imagen.  Debo acogerme como me acoge Dios. Porque al saberme aceptado por Dios como soy, en mi "nadedad" y mi grandeza, me ofrece un campo de libertad en el que puedo ser yo mismo, sin máscaras. Aprendo a recibirme ante los demás y ante Dios Padre. "Me recibo mucho más que me hago a mí mismo", decía con elegancia y precisión Teilhard de Chardin. Entonces, sí, puedo entregarme al otro en libertad, realizando la que es pulsion radical de todo ser vivo.

Fue esa la experiencia de Cristo: Él tuvo que aprender, sufriendo, a obedecer, es decir, a recibirse del Padre como Hijo y como hombre.  Allí estuvo en el misterio de su Encarnación, tal como supo recoger, tan apasionadamente, la escuela beruliana. Y este es el ejmplo que Jesús nos da: la esencia del ser cristiano es ser hijo y ser hermano.  Primero la filiación: como Jesús, somos hechos hijos en la medida en que recibimos el amor del Padre y somos recibidos por él.  Y luego la fraternidad: ser hermano es recibir al otro, como lo recibe Dios, tal como es, sin condiciones, con todas sus posibilidades, sus límites, etc; y entregarse a él.  Pero uno no puede darse sino en la misma medida en que se acoge y se acepta a sí mismo.  Toda vida, es un aprendizaje a acogerse y recibirse en el gozo, la plenitud y la alegría. Por ello, la autorrenuncia es, como veremos luego, básicamente una experiencia de gozo y gratuidad.

Además, la pobreza radical de Jesús debe marcarnos de alguna manera. Ella exige vivir con tal dignidad que lo que poseemos no termine por poseernos, que nuestros bienes no sean convertidos por nosotros en el Bien al que adoramos: "No podéis servir a Dios y al dinero" (Mateo 6,24). Es preciso ser religiosamente libres para adorar a Dios como Él quiere, "en espíritu y en verdad" (Juan 4, 23).  A través de su pobreza, en Jesús, Dios nos toca con su amor y nos hace vivir como Él, que al hacerse nuestro, se hace como nosotros.  Y es así como nos hacemos santos.  También a nosotros se nos pide que "nos hagamos todo para todos" (1 Corintios 9, 22).   Por eso, san Juan Eudes puede recordar al cristiano: "Si deseas ser cristiano de verdad y discípulo de Cristo, y expresar y continuar con tu vida su vida santa y desprendida de todo, es indispensable que tú también te desprendas en forma absoluta y universal, del mundo y de las cosas del mundo". (O.E. 1a Edición, p. 141).

Siguiendo a Jesús

Con razón a podido afirmarse que la espiritualidad de san Juan Eudes es básicamente una "espiritualidad de encarnación".  Porque su ideal consiste en revestirse de los sentimientos de Cristo; y en el pensamiento de san Juan Eudes, ese "revestirse" consiste en hacer propios los sentimientos, actitudes y valoraciones de Dios-Amor encarnado en Jesús de Nazareth.  En otras palabras, el discípulo de Jesús debe asumir a plenitud y cabalidad las implicaciones de la encarnación, básicamente siendo pobre para sí mismo: más importante que la pobreza del tener ha de ser para él la pobreza del ser.   Si no es así, cae en otro tipo de codicia y egoísmo, no por más refinado menos antievangélico. El discípulo se despoja de sus derechos a partir de una opción por Jesús, al que desea seguir incondicionalmente. Por eso, cuando el Señor pide a quienes comparten con Él la obra de la evangelización que "no lleven bolsa ni alforja" (Lucas 10,4), lo hace pensando en una predicación cuya eficacia no depende del poder motivante del dinero.

Todo esto representa, desde luego, un proceso traumático. Porque de lo que se trata en el fondo, es de un parto del que debe nacer el hombre nuevo; para ello, la criatura ha de romper la placenta protectora y asumir el riesgo de salir, totalmente despojado e inerme, a un mundo nuevo que es como "el regazo de Dios".   Es así como en las primeras constituciones de Nuestra Señora de la Caridad comentando el voto de pobreza san Juan Eudes escribía: "el voto de pobreza pide un total desprendimiento de todas las cosas () para seguir el ejemplo que nuestro Señor Jesús nos dio tanto en su nacimiento como durante su vida: él siendo el Rey del cielo y de la tierra, se hizo pobre para enriquecernos en sus gracias y quiso morir desnudo en la cruz para revestirnos de su gloria". Pero cuando el hombre acepta esa absoluta "nadedad" comienza a descubrir y a contemplar algo tan maravilloso: descubre que en su barro late la chispa divina y que sí es capaz de Dios, porque es Dios mismo quien viene realizando en él una nueva creación. Entonces surge espontáneamente primero la adoración gozosa -el canto- y luego el compromiso: "Emplea, oh Jesús, tu poder y tu bondad infinita para vivir en mí y destruir mi amor propio, mi voluntad propia y mi espíritu, mi orgullo y todas mis pasiones, sentimientos, inclinaciones, a fin de que reine en mí tu santo amor, tu voluntad, tu espíritu y todas tus virtudes, sentimientos e inclinaciones".

Así se realiza el "sueño humano de Dios". En efecto, como hemos venido afirmando, la concepción que san Juan Eudes tuvo del hombre no pudo entenderse sino en la perspectiva de su profunda admiración por Dios Padre y Creador: el hombre es nada en la presencia de Dios pero lo es todo gracias a la acción regeneradora de ese mismo Dios.  De tal modo, su aparente nihilismo antropológico se convierte en una luminosa concepción de la grandeza humana pero afincada y enraizada en la misericordia humanizante de Dios, y no en un prometéico esfuerzo del hombre.  Los pensadores de la racionalidad afirmaron que Dios no es sino un sueño del hombre; ahora cabe preguntarse: ¿no será al revés? ¿no será más bien el hombre un grandioso sueño divino? Dios ha soñado un hombre perfecto, como lo expresa la Biblia a través de la mitología del paraíso original: un hombre equilibrado, dotado de todos los dones, cabal, realizado.  En esto consiste la fundamental vocación del hombre. El pecado ha comprometido ese sueño de Dios pero no ha logrado anularlo.  El hombre cabal como proyecto de Dios sigue en el horizonte de todas las utopías. Desde esta perspectiva luce fulgurante la expresión pascaliana: "el hombre es muchísimo más de lo que pudieran revelarnos su increible debilidad natural, sus crasas limitaciones y sus continuos fallos: el hombre es más que el hombre". Es precisamente cuando la realidad surge en sus reales dimensiones. Como dice M. Legaut: "la extraordinaria grandeza potencial del hombre se propone a partir de su extraodinaria debilidad original".  El tema es apasionante pero no podemos aquí sino esbozarlo, dejando su profundización para otro momento.  Es por eso por lo que la perfección -santidad- del hombre comienza precisamente cuando éste, de manera gozoza y sobre todo responsable se abre a un Dios que se le acerca para transformarlo y devolverlo a su vocación original.  Ello implica que debe renunciar a la afirmación cerrada de sí mismo, descubriendo que su consistencia más preciosa consiste en ser amado por Dios. E implica también que se acepte a sí mismo, tal como es, con todas sus limitaciones y debilidades. Esto es lo que en lenguaje de san Juan Eudes, significa renunciar a sí mismo.  Pero, por supuesto, con ello no todo está dicho. Se trata de aceptarse no de manera resignada e impotente, sino queriéndose de veras a sí mismo, autovalorándose, para poder abrirse al Dios que salva engradeciendo.  Porque, como matizaban bien los animadores de Champboisé (un centro de espiritualidad eudista en Canadá) ya no se trata de confiar en uno mismo sino de tener fe en uno mismo. Cuando a la vista de su propia deblidad  el hombre tiende a desconfiar de sí mismo, la fe en Dios le permite tener fe en sí mismo como hombre: su autovaloración no se apoya ya en sus supuestas posibilidades y riqueza sino en la palabra de aquel que ha querido salvarnos. Aquel que nos permite afirmar que el hombre realmente tiene futuro. Esta fe es como un salto en el vacío pero un salto que posibilida la resurrección.  Es como si el hombre se dijera: "Esto que yo veo como mi ideal de hombre no lo soy.  Pero puedo llegar a serlo; y lo seré no si confío en mí mismo sino si creo en mí". "Sin la fe en sí mismo el hombre no podría emerger de su vida", dice Legaut.


De hecho el autovaciamiento que nos pide san Juan Eudes no tendría ningún sentido si no fuera para ser llenado por algo o alguien.  El des-apropiarse no puede ser jamás un fin en sí mismo sino que está orientado a la adhesión: "Los dos aspectos de la respuesta del hombre, renuncia y adhesión son inseparables,  por ser complementarios y por realizarse a lo largo de toda la dinámica bautismal en la vida del cristiano: Ser libres para la formación de Cristo en su vida", dice Nicolás Bermúdez. Incluso nuestra miseria puede ayudar a nuestra recuperación, a nuestra re-elevación y a nuestra grandeza, hasta el punto de que aquello que suele llamarse, a veces, el pesimismo de la escuela Beruliana se convierte en un decidido optimismo.

En efecto, si es verdad que el pecado ha oscurecido nuestra inteligencia y disminuido la fuerza de nuestra voluntad, no menos cierto es que ese pecado no ha suprimido nuestras facultades básicas; ayudadas por la gracia éstas pueden reconocer y poseer a su Creador así como responderle. San Juan Eudes asume, aquí, aquella magnífica definición del hombre y que inspirada en Pascal dirá Berulle: "Miseria del hombre sin Dios, grandeza del hombre con Dios: ¿qué es entonces el hombre? Un compuesto de piezas muy diferentes, milagro de una parte, y de la otra, nada; celeste, de una parte, y  terrestre de la otra. Un ángel, una animal, una nada, un milagro, un centro, un mundo, un dios, una nada rodeada de Dios, necesitada de Dios, capaz de Dios y llena de Dios, si el mismo hombre lo quiere".  Nuestros deseos de alcanzar la perfección ya no son sólo vanos intentos de unos Sísifos derrotados a priori: Somos capaces de Dios porque Dios ha querido hacernos capaces, porque su proyecto no es el de un hombre vencido, sino el de un hombre realizado.  Pura gratuidad, sin duda, pero gratuidad que exige una respuesta de gratuidad, una respuesta de fe. 

Pero no sólo eso; si no queremos que la renuncia al yo y a todo se convierta en una mera fuga ascética, debemos entender que ese radical despojamiento sólo busca hacernos libres para el amor; no renunciamos porque las cosas que Dios hizo sean malas. ¿Cómo podría ser así? Sino porque cuando las usamos mal nos aprisionan en el egoísmo y nos impiden ser auténticos "misioneros de la misericordia". En otras palabras, cualquier estilo de la vida -así sea el de la pobreza material más exigente- que carezca de aquel impulso benefactor y misionero de Jesús, que no nos empuje a tomar partido por los hombres, especialmente por los "amigos de Jesús- los últimos, los pequeños, los pecadores- es pura ilusión o perversión y manipulación de la Palabra, para aquietar nuestra conciencia. El rigorismo ascético propio de los fariseos no nos acerca a Jesús. Sólo la radicalidad del amor a la praxis del "principio misericordia" nos lo hace experimentar como un regalo lo que hemos de compartir generosamente. Y este es el camino eudista de la felicidad, o sea, de la santidad.

De esta manera, la apertura al otro, procurando hacerse don para él, se convierte en el correctivo imprescindible para una ascética convencional demasiado ensimismada y egocéntrica.  Además, por este camino puede llegare el frescor de un aire renovador de insospechadas posibilidades cargado de las más auténticas resonancias evangélicas. El denuedo (brío, esfuerzo, valor) por desbloquear a la persona de cualquier mecanismo que la aprisione en el individualismo, la soledad, el egoísmo y el asilamiento es una buena ascesis. Más aún: el esfuerzo por conseguir su más perfecta integración en el mundo de las relaciones con el otro, con la comunidad, con la naturaleza, a de ser considerado como la mejor práctica ascética. Pero ello, a la vez, reporta el mayor placer. "Es necesario ejercitarse en una ascesis que eduque a todo el yo en el don de sí al prójimo. La apertura, el salir de uno mismo, el perderse en el don, el extraviarse en un amor altruista, constituyen todo el sentido psicológico y espiritual de una posibilidad de maduración cristiana".  Maduración que, a partir de una des-apropiación con sentido, ayuda a avanzar en el camino de la santidad.

Porque la gran promesa de Jesús es que seremos dichosos, que es tanto como afirmar que nuestro destino es la alegría que nos abre a la entraña misma de Dios, que es Padre sorprendente y gratuito. Y, sobretodo, nos inunda el gozo de sabernos sacados de nuestra miseria por su amor y reconocidos por él en lo que somos.  Supongo que Dios también necesita de humor para aguantarnos pero él sabe de la dureza del medio en que nos movemos.  Y hay que decir, por si acaso, que solo puede anunciarse esta alegría siguiendo los pasos de Jesús y repitiendo sus gestos. No es, por tanto, para desdramatizar el momento presente, sino para quitarle su última palabra.  Sólo Dios es Señor del Presente, porque sólo a él le pertenece el futuro.  Y la última palabra es "Gracia". La gratuidad es eficaz, porque genera esperanza, y nuestra misión consiste en dar gratis lo que recibimos gratis. Para ello hemos de pasar de la utilización del prójimo como mercancía a la contemplación del otro (de lo otro, también la naturaleza) como un don.  Tal es la invitación del Evangelio: "Alumbre también vuestra luz a los hombres para que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del Cielo" (Mateo 5,16).  Somos invitados a hacernos testigos ante el mundo de la buena noticia de Dios, para que la gente, al vernos, bendiga al Padre. Todo es gracia.


Por Eudes-net
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Saturday 11 july 6 11 /07 /Jul 23:30

Ya vimos que san Juan Eudes se enfrentó a la peste en los primeros momentos de su vida sacerdotal, hacia 1627, cuando la peste atacó la zona de Normandía, la tierra de su infancia en Francia. Pero ahora nos encontramos por los años de 1630 y nuevamente llega la peste, cobra algunas víctimas, se calma y reaparece en 1631. Juan Eudes, al igual que en 1627 decide comprometerse frente a esta realidad de la peste de manera personal.  Cuando quisieron disuadirlo  contestó sonriendo  que nada temía porque !él era peor que la peste!

 

En la ciudad las precauciones contra el contagio eran estrictas. Por ejemplo, un decreto del Parlamento había previsto, en 1629, medidas rigurosas para el correo que llegara de alguna ciudad víctima de la epidemia: "en cuanto a los paquetes de cartas o mensajes se impregnarán con humo de semillas de laurel, de enebro o de ramas de romero o se sumergirán con una envoltura en vinagre o aguardiente; en caso de que los paquetes sean de gran tamaño se expondrán al vapor vinagre hirviente durante media hora...", se daba muerte a perros y gatos, y, sobre todo se separaba drásticamente a los enfermos de los sanos: se les sacaba de la ciudad con sus familias. Los curados no podían regresar a sus casas por lo menos antes de cuarenta días.

Como Juan Eudes asistía a los enfermos, no podía permanecer en los sectores sanos. Decidió, pues, vivir en la misma forma que aquellos que recibían su ayuda.  A estos se les aislaba en praderas, resguardados dentro de los inmensos toneles, pues había entonces, especialmente en las abadías normandas, "cubas y toneles de gran tamaño".  Estos se usaban en otras partes: Todavía puede verse en el museo diocesano de Trento (Italia) una pintura votiva en la que se evoca a la peste de 1630 -coincidente exactamente con la misma fecha- representa una pradera delante de la muralla de la ciudad, sembrada de toneles en los que habitaban los apestados. En la misma forma imaginemos las praderas de Sain Gilles, en el Valle de Orne perteneciente a la abadía de las Damas. Fue allí donde san Juan Eudes, invitado por Madame Budós, estableció sus cuarteles: allí oraba, dormía ycomía; y se cuenta que la misma abadesa venía ella a servirle personalmente los alimentos.

El superior del Oratorio de Caen era, en ese momento, el P. Repichon, el mismo que en 1622 había hecho donación de su hermosa casa para alojar a la comunidad del Oratorio y con ello había entrado enseguida e esta comunidad. Muy cercano a los pobres, él también quiso asistir a los apestados, confesarlos, prepararlos a bien morir. En esas circunstancias tuvo ocasión de "dar la absolución", como él mismo lo atestigua a unos cuarenta protestantes.

También Juan Eudes asistió al menos a un viejo hugonote moribundo. Éste fue al parecer el primer protestante cuya "conversión" acogió. Pero el P. Repichon y otros dos oratorianos fueron a su vez alcanzados por la peste. Juan Eudes regresó a la casa, junto al lecho de sus hermanos enfermos. Quiso cuidarlos, prestándoles todos los servicios corporales que acostumbraba a prestar a los enfermos, y asistirlos espritualmente. El superior y uno de los padres murieron en sus brazos; el otro se restableció en abril de 1631.

La población de Caen vivía por entonces momentos dramáticos. La peste arrastraba consigo un cortejo de miseria; el hambre de los pobres aumentaba. "La carestía del trigo" provocó un nuevo levantamiento, en marzo-abril de 1631. Los insurgentes se dirigieron al mercado del trigo y a las casas y tiendas de algunos panaderos y en dicho mercado tomaron y repartieron al que se le presentara, el trigo  y el grano que allí había.  Como consecuencia fueron reglamentados los precios del trigo, de la cebada y de al avena. A un panadero que se le dio por vender trigo de mala calidad a cincuenta sols (lo equivalente a un centavo) le rompieron y derribaron la casa.

Juan Eudes presente  y participante de esta dura realidad, agotado, cayó enfermo a su turno. Se temió por su vida. Fue tal el debilitamiento que pareció que moría.  Muchos oraron por él. Las Benedictinas de la abadía de las Damas, claro está, pero también las carmelitas. El Carmelo de Caen lo había fundado Bérulle, un poco antes del Oratorio, desde 1616.  Así que estas religiosas estaban muy ligadas a los Oratorianos.  Al tener noticias de la enfermedad del joven sacerdote Eudes, le escribieron (6 de mayo de 1631).
Juan Eudes no murió. Se restableció y salió más vigoroso de esta prueba. Y sobre todo al comprometerse así, en dos ocasiones, al servicio de los apestados, había hecho opciones decisivas que marcarían toda su vida.  Se había dejado agarrar, hasta sus raíces, por el Evangelio de Jesús.

(Tomado del capítulo III: La Peste, del libro: Un Artesano del siglo XVII, Paul Milcent, Eudista).

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Saturday 11 july 6 11 /07 /Jul 22:51

Durante el verano de 1672, Juan Eudes se hallaba, pues, estudiando en París. Allí recibió de su padre alarmantes noticias de su pueblo natal: la peste que ya había cobrado vícitmas en la diócesis de Séez el año anterior, se desataba ahora con nueva violencia y devastaba las parroquias rurales del sur de Argentan: San Cristobal-le-Jajolet, Vrigny y Avoines, entre otras.

La peste -"hay que llamarla por su nombre"- era verdaderamente "un mal que sembraba terror"; resurgía periódicamente y diezmaba pueblos y ciudades. Se manifestó en Francia entre 1600 y 1670 en cuatro grandes oleadas; causó la muerte de dos millones de personas y un clima de angustia inmensa. Entre 1619 y 1639 el azote se hizo particularmente cruel, sobre todo en Normantía, la zona de donde era oriundo san Juan Eudes. Cuando la peste cesaba en una localidad reaparecía en otra; hogueras mal apagadas se vovlían a encender: tanto, que es difícil, a veces, fijar con precisión las fechas de las epidemias locales.  Pero ellas dejaban siempre un recuerdo de horror y numerosos muertos. Acentuaba además las diferencias económicas: interrumpía el trabajo de los campesinos, se abandonaba el ganado y crecía la miseria.

Juan Eudes lo sabía y sintió que no podía proseguir sus estudios en París mientras las gentes de una población vecina de Ri se hallaban golpeados por semejante infortunio. Desde hacia 18 meses era sacerdote de Jesús, del pastor que da su vida: debía él también bajar a lo más hondo de la miseria. Fue entonces cuando Juan Eudes imploró al superior, el P. de Bérulle el permiso de partir para su tierra. Partió "con un altar portátil y el ajuar para celebrar la santa misa que él mismo quiso llevar sobre sus hombros gran parte del camino".

Debió dar un rodeo por Caen, donde el superior del Oratorio le dio una carta de recomendación para el obispo de Séez; y el vicario general de Séez le dio  la misión para desempeñar su ministerio entre los enfermos.

Era preciso buscar alojamiento. No era fácil porque todos temían al contajio. Lo acogió un buen sacerdote: M Laurens, quien lo alojó en su casa en san  Cristóbal (Así se llamaba el lugar). Cada mañana ambos celebraban la misa en una capilla cercana, hoy desaparecida, dedicada a san Evroult. Y partían juntos.  Juan Eudes llevaba colgada al cuello una cajita de hojalata con las hostias consagradas. Y se iba en busca de los enfermos, de esta o de aquella parroquia y los confesaban. Juan Eudes les daba la comunión. Su ministerio duró más de dos meses, desde fines de agosto hasta comienzos de noviembre. La epidemia cesó y el joven sacerdote regresó a París.  Un poco más tarde lo enviaron a la casa de Caen, que llegó a ser su comunidad.

Registremos un detalle significativo: Cuando Juan Eudes, ya anciano, consigna estos recuerdos en su diario, anota, a propósito de la "cajita de hojalata": se encuentra en el fondo de mi baúl. Así, mucho más tarde, guardaba preciosamente este recuerdo ligado a un acto que había comprometido definitivamente su existencia al servicio de sus hermanos más lacerados.

(Tomado del capítulo III: La Peste, del libro Un artesano del siglo XVII, de Paul Milcen, Eudista)

 

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Saturday 11 july 6 11 /07 /Jul 17:56

En el siglo XVII el mundo conoció la acción de un sacerdote santo llamado Juan Eudes. Éste sacerdote nos dió ejemplo de solidaridad y de servicio a los necesitados. En su época, su país, Francia, fue atacado por dos grandes pestes, que ante los no avanzados servicios médicos que tenemos hoy cobraron la vida de más de una persona. A los apestados se les marginaba, se les hacía a un lado, nadie quería tener contacto con ellos. Es así, como Juan Eudes decide ir a vivir con ellos. Para ello solicita la ayuda de un sacerdote amigo quien le permite celebrar en una capilla cercana a los apestados; el santo francés guardaba en una "cajita de hojalata" las formas eucarísticas consagradas en la eucaristía matutina que él celebraba para llevarlas a los enfermos de peste y ayudarles al buen morir, o para acompañarlos en su proceso de sanación. Este trabajo lo hizo san Juan Eudes durante los dos periodos de peste que atacaron a su país.

Nos llamamos "cajita de hojalata" porque queremos ser alimento espiritual a todos aquellos que piensan que podemos ayudar a los apestados o a los contaminados del mundo de hoy. Cajita de hojalata quiere ser un impulso para todos aquellos que quieren hacer una obra social en su parroquia, en su grupo pastoral o en su grupo juvenil. Cajita de hojalata quiere ser un centro de espiritualidad para todos aquellos que quieran poner su corazón al servicio de los más necesitados.

Desde aquí vas a recibir elementos de espiritualidad para que como san Juan Eudes te lances con todo tu corazón al servicio de aquellos que hoy la sociedad margina y rechaza. !Ánimo en esta experiencia! No te canses y no desfallezcas de querer cambiar el mundo.

Con afecto, en Jesús y María, Eudes-net
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Saturday 11 july 6 11 /07 /Jul 17:47

 

 

DIMENSIÓN POLÍTICA DE LA CARIDAD CRISTIANA EN EL PENSAMIENTO DE SAN JUAN EUDES

(Reflexión tomada de la revista “Familia Eudista” No 7,  p. 208-222. Agosto a Octubre de 1994)

 

En dos ocasiones san Juan Eudes, siendo todavía un sacerdote joven se comprometió en el servicio con los enfermos de peste, arriesgando su propia vida. En Caen, en el año de 1630 fue a habitar con ellos. Los enfermos eran separados de los sanos: moraban aislados en el campo, abrigándose en toneles o barriles. Juan Eudes fue a morar en un tonel durante los dos meses que duró la epidemia. Al final, enfermó, más no murió.

 

A los 30 años, después de aquella radical experiencia de participación con los más pobres y sufrientes, estaba listo para un buen servicio misionero. Voy a presentarte algunos aspectos de la vida de san Juan Eudes atenta a los pobres y después destacar tres elementos de su espiritualidad respecto a los más necesitados.

 

1.       En la Vida de san Juan Eudes

 

1.1. Los Pobres en el siglo XVII

Había muchos pobres en la Francia del siglo XVII, una situación social  comparable con la nuestra aquí en Colombia.

 

El 80% o el 90% de los franceses eran campesinos la mayoría de estos vivían próximos a la miseria, golpeados por los impuestos. Muchos tenían que extender la mano o dependían de la generosidad de los ricos.  Cuando el campo se encontraba arrasado por una epidemia o por el paso del ejército, mucha gente migraba para las ciudades. Así, crecía el pueblo pobre de las ciudades, iban a buscar trabajos día tras día, con frecuencia desnutridos; en las casuchas casi no tenían muebles, muchos dormían en el suelo, sobre un poco de paja.

 

De vez en cuando estallaba un motín, cuando la miseria provocaba rabia o desespero. Juan Eudes conocía muy bien esta realidad. Su propia familia, campesina, no era tan pobre: modesta, más no miserable. Pero a él le gustaba visitar familias pobres en sus casas. Varias veces fue testigo de revueltas y violencias en su tierra.

 

¿Cuáles son los problemas sociales más importantes que están presentes en el país en este momento?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.2. La revuelta de los descalzos

Una de esas revueltas fue especialmente dura y alcanzó toda la Normandía durante meses.  Los historiadores la llamaban la revuelta de los “pies descalzos”. La represión militar y judicial fue durísima. Juan Eudes estaba predicando misiones en la misma región, cerca de las sublevaciones, incendios y matanzas. El pueblo que asistía a sus sermones era el propio pueblo levantado. Predicó durante el Adviento en Caen en el momento en el que el ejército mandado para la represión estaba llegando. Uno de los jefes de la revuelta fue puesto preso y descuartizado en Caen, durante este Adviento. Tres meses después estaba predicando la Cuaresma, todavía en Caen. La represión continuaba siendo fuerte.

 

Juan Eudes visitaba los presidios y conocía las durísimas condiciones de la vida de los prisioneros que con frecuencia eran personas pobres culpadas socialmente de no pagar el impuesto de la sal. Él (san Juan Eudes) intervino delante del Canciller y obtuvo la liberación de sesenta u ochenta de esos pobres encarcelados.

 

En sus predicaciones hacía eco con frecuencia de las grandes emociones populares. Por ejemplo, escuchó decir que al llegar el Canciller a la ciudad de Coutances, muchas mujeres, de rodillas le suplicaron por sus maridos o hijos presos, gritando: ¡Misericordia, misericordia!  El Padre Eudes en un sermón en Caen, aludió a este hecho diciendo: “Cuánto más nosotros debemos gritar a nuestro Dios –que solo quiere nuestro bien-: ¡Misericordia!” Su voz era tan fuerte (no sólo físicamente, más debido a su poder moral) que todo ese pueblo se colocó de rodillas y gritó: ¡Misericordia, oh Dios, misericordia!

 

Así vemos que Juan Eudes estaba presente y atento al mundo de los pobres hasta en los motines y sublevaciones del pueblo oprimido.

 

¿Tú estás atento al mundo de los pobres de tu ciudad o de tu barrio? ¿Qué podrías hacer por ellos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.3. Ya comenzamos a hablar de Juan Eudes misionero

Aquellas grandes misiones, cada una duraba de uno a dos meses, fueron la obra de toda su vida.  La gran mayoría de las personas que escuchaban sus predicaciones en las ciudades, y todavía más en las parroquias del campo, eran pobres. Le gustaba hablar a los pobres, acogerlos en la confesión. Los definía con ternura y compasión como “oprimidos e indefensos”.

 

Quería inspirar la misma preferencia a sus compañeros  de misión. Les citaba las palabras del Evangelio, por ejemplo: “Todo el pueblo procuraba tocarlo” (Lucas 7, 19 ó Juan 7, 48): “¿Hay acaso alguien entre las autoridades o entre los grandes que haya creído en Él?”.

 

“Nuestro Señor Jesucristo -decía- se dedicó a catequizar e instruir a una pobre mujer sola, la samaritana, a quien dedicó una de las más bellas predicaciones en la tierra…”

 

Un día en una misión dos misioneros se negaban a atender a una mujer vestida pobremente, que solicitaba la caridad pública fuera de los horarios previstos. Él la acogió. Al día siguiente, en un momento de descanso, les dijo: “Hay aquí dos jóvenes vestidas que desean confesarse; ¿Quieren atenderlas?”… “Claro que sí, Padre Eudes, con mucho gusto… ¿dónde están?”, le contestaron... Juan Eudes soltó la carcajada y les dice: “Es lo que quería saber”. Y delante de los otros misioneros los convidó a no tener ninguna preferencia, a no ser por los pobres y enfermos. Luego gustaba de recordar, riendo, esta anécdota.

 

 

Puede que en el servicio a los más necesitados exista cansancio, desánimo, o incluso que algunos discriminen y rechacen este servicio a los más pobres. ¿Cómo te consideras tú en este aspecto para el servicio a los más necesitados?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Eudes tenía un conocimiento muy preciso de la vida de los pobres. Cuando propone para cada categoría social, exámenes de conciencia, invita a los oficiales y policías a preguntarse “si no fueron duros con el pueblo pobre, asustándolo con las palabras y acciones violentas”.

 

Tenía una gracia para incentivar en las personas más acomodadas el sentido de la responsabilidad para con los más desprovistos. Muchas veces, en las misiones despertó un movimiento de solidaridad, que podía traducirse en la creación o restauración de un hospital. Los hospitales en ese tiempo eran lugares para acoger a los pobres, y vivían de la caridad de las familias ricas. Juan Eudes suscitaba la formación de grupos de señores o de damas, con el objetivo principal de hacerse presentes en la mayoría de los pobres y vivir la solidaridad.

 

La más importante de estas organizaciones fue la Compañía del Santísimo Sacramento, fundada en París, en 1627, por un laico. Él participó formándola en Caen; fue miembro de esta entidad, dirigida por Laicos; los apoyó con su palabra. Así con el servicio a los pobres, incluso si no era su objetivo principal, impregnó y comprometió toda su actividad, todas sus formas de servicio, como el mayor imperativo del evangelio.

 

 

 

Si te das cuenta, todo grupo de oración o de contemplación (como la Compañía del Santísimo) en los que estaba san Juan Eudes, él le daba una orientación social. ¿Cuál es la orientación social (o el servicio a los pobres) del grupo religioso al que tú perteneces? Si no existe orientación social ¿Cuál crees tú que debería ser?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.4. Cuando fundó el Seminario de Caen.

Cada viernes los miembros de la comunidad iban a visitar personas pobres en el hospital o en la cárcel.  Invitaba a los Padres o futuros Padres a tomar cuenta de los pobres, a defender los intereses de ellos, a ayudarlos “contra aquellos que los pisan y oprimen”, decía.

 

Hablando de la presencia junto a los enfermos, aconseja: “Ser más disponibles y animados para prestar aquellos servicios de la caridad más a los pequeños que a los grandes, a los pobres que a los ricos”.

 

 

1.5. Él sabía hablar con fuerza a los gobernantes

Por lo menos tres veces se dirigió a la Reina madre. Recordemos dos hechos:

 

En 1648, cuando el rey todavía era un niño de 10 años, Juan Eudes aprovechó un levantamiento del pueblo de París que atemorizaba mucho a los políticos, para escribir a la Reina, una carta muy fuerte; reclamaba contra muchos desórdenes que sucedían en Francia y entre otros,  los abusos de los conductores de impuestos: “En varias misiones encontramos las iglesias vacías los domingos y fiestas, porque los habitantes no se atreven a venir, por miedo de caer en las manos de los policías y cobradores de impuestos, que los prenden hasta en el pie de los altares para arrastrarlos a los presidios…”

 

Trece años más tarde, hubo un incendio en el palacio de Louvre. Se quemaron retratos de príncipes de la familia real. Eso aconteció el día 6 de febrero. Pues el día 8 Juan Eudes predicó en París, en la capilla de los Benedictinos del Santísimo Sacramento, no lejos del palacio. Estaba predicando cuando llegó la Reina…Él paró…Cuando ella y su comitiva tomó asiento, habló así: “Señora…aquel fuego quiere decir que si está permitido a los reyes construir palacios, Dios les manda aliviar a sus súbditos, tener pena de tanta gente cargada de miseria; si aquel fuego no respetó el retrato de los reyes, el fuego de la ira de Dios no perdonará a los originales si no usan su autoridad para establecer el Reino de Dios”.

 

Así acabamos de recorres algunos aspectos de la atención que el Padre Eudes daba a los pobres en nombre del Evangelio. Conociendo concretamente la condición de ellos, presente activamente en algunas revueltas del pueblo oprimido, tenía en sus misiones mucho cuidado con ellos, los visitaba y atendía con el sacramento del perdón y convidaba a sus compañeros de Congregación para dar la misma atención preferencial.

 

¿Te ha correspondido en algún momento hablar o defender a los pobres ante autoridades civiles o incluso ante autoridades religiosas? Si ha sido positiva tu respuesta escribe cómo lo has hecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2.       En la Espiritualidad de san Juan Eudes

 

La Primera opción espiritual de san Juan Eudes es mantener los ojos fijos en Jesús, el Hijo de Dios, que quiso compartir nuestra vida humana. En esta opción fundamental se pueden abordar tres elementos distintos:

a.       La vida de un cristiano es en primer lugar un vivir unido a Jesús, amando a Jesús, cumpliendo el mandamiento de Jesús.

 

Dice san Juan Eudes tomando las palabras de Lucas 14, 13: “Cuando des una cena convida a los pobres, a los deficientes, los cojos y los ciegos”.  Obedeciendo el mandamiento de Jesús, escribe en las Constituciones de su Congregación que, en la fiesta del Corazón de Jesús, fiesta de amor, deben convidarse doce pobres a almorzar en la comunidad”.

 

“Vean a los pobres –escribe- como personas que les son encomendadas por el mayor entre  sus amigos, que es Jesús”.

 

 

 

 

Querido amigo(a): ¿tú si ves en los pobres a Jesús? ¿Cuándo vas en el bus o en el carro a la universidad, o al trabajo, ves en esas personas a Jesús? ¿Qué te dificulta ver a Jesús en los pobres?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

b.      El segundo elemento es más profundo: “Servir a Jesús en los pobres”.

 

Jesús revela que él se identifica con los pobres. Juan Eudes enfatiza la página del Juicio final en Mateo 25,31: “Estaba con hambre y ustedes me alimentaron…cuanto hicieron a uno de estos mis hermanos a mí mismo me lo hicieron”.  Cuando Juan Eudes iba a la prisión consciente de ello honraba en  las cadenas la cautividad de Jesucristo.

 

El primero biógrafo cuenta que el padre Eudes usaba esta expresión muy impresionante: “Los pobres son los sacramentos del salvador. En ellos Cristo se esconde como bajo las especies eucarísticas”.

 

Querido amigo(a): ¿tú sientes que cuando sirves a los pobres, sirves a Jesús? Expresa algún servicio concreto que estés haciendo con los pobres.

 

 

 

 

 

 

 

c.       El tercer aspecto, el más característico del camino Eudista: “Servir a los pobres en honra y unión a la caridad de Jesucristo”.

 

Es decir, honrar y glorificar a Jesús en su amor para con los pobres y comulgar con aquel amor por la gracia del Espíritu de Jesús.

 

He aquí una oración que san Juan Eudes aconseja a aquellos que van a visitar a los pobres, enfermos y afligidos:

 

“Oh Jesús, te ofrezco esta acción de honra y unión al amor con el cual llegaste del cielo a la tierra para visitar los pobres y consolar los afligidos. Me doy a ti para ayudar a los afligidos y a los pobres, cuanto tú me lo deseas a mí. Te pido me hagas participar de la caridad inmensa que tienes con ellos”.

 

Al final, es Jesús mismo quien continúa en nosotros el amor con el cual él se hace solidario con los pobres; pobre con los pobres y, consagrado por el Espíritu, va a anunciarles una buena noticia de liberación.

 

Finalmente: ¿Tú sientes que cuando sirves a los pobres estás dando honra y gloria a Jesucristo? O tu trabajo social es un cumplimiento más de una serie de actividades que te sientes llamado a realizar.  Explica cómo es tu servicio a los necesitados:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORACIÓN A JESÚS EN SU OPCIÓN POR LOS POBRES

(Primer Paso: Adoración)

Adoremos a Jesús, en la opción que Él hizo por la pobreza.

Jesús quiso ser enviado por el Padre Eterno a evangelizar a los pobres, dando como prueba de su misión divina el que los pobres son evangelizados, anunciando su nacimiento a los pastores y llamándolos hacia él antes que los reyes magos.  Eligiendo a unos pescadores para hacer de ellos sus apóstoles, comenzando la fundación de la religión cristiana con hombres sencillos y pobres (Cfr. 1 Corintios 1,27). Y todo esto lo hizo para honrar el estado de la pobreza y para consolar y alentar a los pobres.

Se hizo pobre con los pobres, hasta la pasión y muerte, para enriquecernos.

 

(Segundo Paso: Acción de Gracias)

Agradezcámosle

 

(Tercer Paso: Súplica de Perdón)

Pidámosle perdón por nuestra indiferencia, nuestro egoísmo; pidámosle perdón por el apego a nuestras cosas.

 

(Cuarto Paso: Entrega confiada al Espíritu y a los Santos)

Démonos al Espíritu Santo, entreguémonos al Espíritu de Jesús para que Él nos libre, nos despoje y nos haga solidarios de nuestros hermanos más pobres.

Confiémonos a María, madre de Jesús, la primera entre los pobres.

 
(Tomado de Revista "Familia Eudista", No 7, de 1994)

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